En la clase de piano el maestro nunca hacia nada. Tomaba tres días clase de solfeo de las tres de la tarde a las 5 y la clase de piano 1 vez por semana, los martes. Creo que cuando uno es niño las puertas son muy grandes. El sol daba directamente en el portón de madera del 92 de la calle de República de Cuba en el centro de la ciudad más grande del mundo. Yo esperaba con otros niños a que esa puerta se abriera, el edificio es de piedra todo, de un estilo francés refinado en tres pisos, ya a las 5 o 6 de la tarde se podían escuchar a los estudiantes de ópera vocalizar llenando todo el recinto con sus voces vibrantes. En los salones de atrás, al fondo, escondidos estaban los trompetistas ensayando y el salón de percusiones, allí había una escalerita de caracol que te subía hasta el tercer piso. Pero, lo más hermoso estaba al entrar. Pasabas por una puerta de forja muy alta y entonces estabas en un patio formado por seis columnas de piedra, y al fondo a unos cincuenta metros estaba magestuosa una escalera de mármol de esas que tienen escalones por los dos lados para unirse en una sola fila hasta llegar al segundo piso, de un mármol amarillento, y un pasamanos de forja con madera. En el segundo piso estaban los cantantes y las clases, al fondo del segundo piso con balcones hacia la calle estaba la salita de conciertos “Silvestre Revueltas”.
Para subir al tercer piso no solo estaba la escalerita trasera, había una escalera de madera pintada de café hecha en una habitación de triple altura con muchos escalones que, al pisarlos, tronaban y el eco retumbaba en las cuatro paredes, yo subía corriendo y sintiendo el corazón a mil latidos, era una escalera que daba miedo, sobre todo cuando la recorrías a solas y sentías que monstruos, ogros y espantos te acompañaban al subir o al bajar. Allí arriba, en el último piso estaba la clase de piano y el salón de coros, había cuatro o cinco maestros enseñando sus clases. Mi hermana mayor dijo que me inscribieran con el maestro José Jácome. Les digo que nunca se levantó de su escritorio en los tres años que estuve con el, era, al principio, mucho temor de llegar , sentarte junto con los demás en unas butacas que había delante de su escritorio y solo decía, pasa a tocar…llevábamos un libro que se llamaba “Enseñando a tocar a los deditos”. Ahora me lo se de memoria, pero era terrible pasar a tocar delante del maestro, yo tenía siete años y mis manitas temblaban, temblaba toda yo, me temblaba el cuerpo, el alma, la mente, el corazón; era interminable el martes por la tarde que tocaba esa clase. Ahora que soy un adulto y lo recuerdo, no se ni como aprendí a tocar el piano, fue por imitación de ver a mi hermana y a la nena, la hija de mi madrina Lucy. Pero el maestro Jácome nunca me dijo nada más que “toca” y ya.
Creo que fue un pésimo maestro. Muchas veces aún de mayor y ya lejana esa época mi vida me he despertado sudando, angustiada y avergonzada por no saber tocar el piano como los demás.
La mediocridad te puede atrapar cuando, en tu necesidad de agradar, empiezas a dedicarte a fingir que eres lo que no eres, y que puedes lo que no puedes y que sabes lo que no sabes.
A veces me asomaba a la clase del maestro Cházaro que estaba enfrente de mi clase. Era un tipo delgaducho, rubio y con el perlo largo amarrado en una coleta, yo veía como tocaba a su alumno que estaba al piano y lo mecía de un lado a otro para que interpretara a Chopin en uno de sus nocturnos, le decía emocionado, tienes que moverte para sentir lo que quiere el autor. La maestra Tere Delgado daba la clase diferente, ella tenia muchos niños y siempre estaba a lado de ellos casi moviéndoles las manos para que le dieran la lección, hablándoles y contándoles los tiempos para que aprendieran a llevar el ritmo. Mi maestro Jácome a veces tomaba una moneda o sus llaves para golpear el escritorio y marcarnos el ritmo, pero nadamás.
PELIGRA TU MATRIMONIO???? RESCATALO¡¡¡¡
Hace 11 años

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