Los quejosos se pasan el tiempo anunciando sus errores. Yo no quiero ser quejosa pues tanto los quejosos como los alardosos sufren de baja autoestima.
Que las cosas eran así. Salíamos de casa de mañana con la cara lavada con agua tibia y el uniforme a rayas hecho por la abuela desde su maquina de coser. Doblaba la esquina y aparecían los grandes autobuses rojos que te llevaban al metro. Mi calle tenía ese encanto que tienen las cosas cuando uno es pequeño, en el centro justamente a la mitad tenia una coladera grande donde, cuando pasábamos corriendo o en bicicleta, brincabas para no tropezarte con sus bordes; estaba casi enfrente de la casa del señor que hacia mascaras de papel en su patio y las pintaba de colores brillantes, a veces nos asomábamos mis hermanos y yo para ver ese patio largo lleno de mascaras de fantasía secándose al sol. En la esquina vendían azulejos y creo que hubo una taquería.
En las mañanas frías podías tocar con tu mano el humo de la boca.
Mi padre siempre me llevaba por el mismo camino , aún cuando dormitaba tenia en mi memoria las calles y las vueltas para llegar. Cuando iba mas despierta el siempre me cantaba, cantaba “el gorrioncillo” y “ven bailarina”. Esos eran nuestros secretos.
Había un mural lleno de caballos salvajes corriendo en la entrada de la guardería , y un pasillo largo que te llevaba al mostrador donde te recibían, se abría una puerta y pasabas por un salón grande que siempre estaba lleno de adornos en las paredes. La muñequita del paraguas azul con las gotas de agua cayendo desde una nube…los cuneros ahí donde estaban los bebés y olía a caramelo. Si cierro los ojos aun recuerdo ese olor tan exquisito rondándome por los cabellos, penetrando por la piel y quedándose en mi para la vida aún cuando tendría que debatirme en un sentimiento de pobre estima personal aunque hice todo lo posible por evitarlo.
Leche caliente y canela, azúcar y ajonjolí…un poco de anís.
Había grandes boquetes en las paredes, y una puerta de fierro chiquita y ruidosa que te metía a la casa después del garage.
Colgábamos una hamaca y nos columpiábamos con los zapatos sucios llegando hasta el techo y dejando las huellas en la pared salitrada y el techo chueco, con ese sentir de hacer lo prohibido, ensuciábamos todo con nuestras huellas, para dejar marcas, si no, no valía. En el comedor estaban las sillas de madera con troncos que pesaban mas que la luna. Había en el patio una escalera de caracol en la que siempre te pegabas en las espinillas cuando pasabas corriendo de abajo arriba, de arriba a abajo.
En la cocina había poco espacio, recuerdo que era una estufa verde y había una ventanita que daba al comedor para pasar por ahí los platos.
Cuando mi mamá estudiaba clases de cocina salían de ahí los olores mas ricos que te hayas imaginado, como de pastelería y como de otro mundo, olía hasta la calle y los niños querían entrar a ver con nosotros que pasaba en esa cocina.
Mi madre nos daba las palas de madera llenas de la masa sobrante y los betunes para que las chupáramos y nos embarrábamos hasta las mejillas y las greñas, no había quien nos peinara, mi madre no sabía o nunca quería peinarnos.
Mi madre estaba embarazada otra vez, ya éramos siete y venia el octavo. Yo era de las menores así que no entendía mucho eso de que vendría un bebé.
Después hubo albañiles mucho tiempo que cambiaron la casa , era distinta, la cocina le robó al patio para crecer al doble un tramo grande, y tiraron algunas paredes y pusieron unas escaleras adentro que sustituyó a la de caracol, el piso, las cosas. Todo nuevo .Estábamos creciendo.
Yo veía a mis alrededor y pensaba mucho, mis dos hermanas estaban en la secundaria y se levantaban temprano para irse. Yo seguía en la primaria .Mi hermana mayor empezaba a enojarse por todo. Había un hermano menor que yo y era diferente, no sabia porque lo sentía distinto. No podía aprender nada y hablaba mal, tampoco quería hacer las cosas en la escuela y siempre lo regañaban.
Los domingos grises veíamos la tele y corríamos en la calle. A veces mi mamá me mandaba por dulce o chocolates para poder acurrucarnos en casa. También estaba el camellón de la esquina que ahora tiene unos eucaliptos enormes que sembramos hace cuarenta años todos los vecinos, cuando la colonia estaba aun pelona de árboles.
Corríamos en el camellón llenándonos nuestros zapatos de tierra. Diariamente nos mandaban por cinco litros de leche al establo que estaba cerca, era algo obligatorio. Cuando me tocaba a mi recuerdo que el pichel pesaba mucho. Te tenías que parar a cada rato a sobarte las manos. Muchas ocasiones paraba en los juegos de la esquina, una resbaladilla roja y oxidada, unos columpios que rechinaban y había también un pasamanos y un volantín donde podías correr y correr hasta sentir que volabas, acababas con las manos llenas de ampollas.
Después te tocaba poner la leche a hervir y esperar a que se inflara la nata como un cráter; si te distraías y se tiraba la leche tenias que limpiar o a veces si de plano te ibas a la calle a jugar, la leche se quemaba.
A mi me gustaba dormirme en las recamaras de atrás, allí donde quedaba el baño rosado a un lado, frente al patio que cada día se hacia mas pequeño. Es así, cuando uno es niño ve las cosas mas grandes de lo que son en realidad. En esa recámara cuidaron a mi abuela cuando vino del hospital.
Mi hermano el mayor había muerto, dicen que nació así, muerto, yo después supe la verdad, creo que hubo algo terrible con mis padres y con ese niño y por eso se murió. Yo creo que por eso esperaban todos a este nuevo bebè con mucha ilusion .
Íbamos al panteón a ver su tumba chiquita y gris, caminábamos por unos caminos polvorientos y secos. Mis hermanos mayores llevaban una cubeta para ponerle agua a las flores. El ritual comenzaba cuando mi madre nos ponía a persignarnos y a rezar repitiendo palabras que no entendía mientras veíamos como se salía el agua de la jardinera rota, creo que hay una foto donde mi padre y mi madre están sentados en la tumba. Nos mirábamos unidos y presentes, pero sin llorar.
De regreso recogíamos flores de otras tumbas y las escondíamos en el vestido. Mi hermana dice que esas noches ella tenía pesadillas.
Las cosas eran así, no se porque ahora son tan diferentes, yo no me daba cuenta de que el tiempo pasaría y que todo aquello quedaría en el mero recuerdo.
Cuando visito el vecindario donde vivía, nomás al llegar a la calle tengo esa sensación extraña que da la nostalgia.
A veces uno se imagina que el tiempo no ha pasado, que nada de lo que se hizo o se dijo en realidad sucedió, que nunca fuimos niños y nunca jugamos a reírnos mientras correteábamos en el filo de las banquetas o nos escondíamos entre los coches en el juego de las escondidas. Uno piensa que nació adulto, sabiendo correr y leer y escribir y hasta bañarse solo. Eso es lo que ahce el tiempo con la gente…te borra , te anula y te llena de realidades que en verdad no lo son. Ahora los mas chicos piensan lo mismo, que nunca fuimos niños como ellos, que no tuvimos que aprender todo, que siempre fuimos asi, que nos parieron de una extraña manera para nacer viejos, de mas de 40 . Los jóvenes de ahora lo creen menos, pero después se darán cuenta..
Los vecinos eran parte de lo cotidiano, el vestido del domingo se volvía viejo hasta que llegara otro nuevo.
En el pueblo de mi madre esperaba mi abuela y mis tías para las vacaciones próximas, pobre abuela, pudo haber sido mejor pero murió joven.
Una tarde que yo miraba en la tele al pájaro loco, llegaron llorando del hospital y, mi mamá subió a su recámara a desbaratar los vestidos de su madre, yo me asomé y vi como desgarraba los encajes de una blusa azul y se secaba los gritos con ella.
Fue al primer velorio al que no fui. Entonces tenía 7 años y no entendía que nunca volvería a ver a mi abuela, que no me llevaría mas a ver a su virgen, ni me compraría jícamas, de esas jícamas chiquitas que pelaba con sus dientes blancos y me las daba para que yo comiera.
Nos íbamos en las tardes al centro y ella en el camión me cantaba
“que se quede el infinito sin estrellas” y me tocaba la nariz con la suya diciéndome “me importas tu, y tu, y tu”, cantaba quedito, solo para que yo la oyera, creo ella me amaba, me amaba porque su niña había muerto cuando yo venía en camino.
Eran como las doce de día y Socorrito bajo corriendo de la casa al hospital general del pueblo, la iban a operar de la anginas y estaba programada para esa hora y después de entrar a quirófano le avisaron a mi abuela que había muerto, que se pasó de anestesia…dice mi madrina Lucy que yo hubiera sido Lucero…que ella tenia bordada ya mi ropa, mas la muerte de mi tía me dio mi nombre, como al que mira atentamente lo que pasa, así llegue con un nombre prestado y el amor de la abuela que se hace como parte de ti, que sabes que ahí esta y que no te desampara.
Ella se fue.
A veces pienso en que haré yo cuando mi madre muera, ni siquiera se si estaré ahí para verla, no sé si quiero verla muerta pues mi alma estará violentamente tranquila viendo la manera de perderse menos en la tristeza que en la
Aceptación.
Mientras mas fuerte sea mi reacción, tendrán los demás mas armas para molestarme cuando mi madre muera.
O quizá la veré ahí, tendida en la sala de su casa, ella dijo que quería que fuera ahí.
No se como podrían rezar mis hermanos si no se puede por el llanto. Estaría ahí mi hermano que es sacerdote para hablarle a la gente o quizá el tampoco podría hablar de Dios viendo a su madre muerta, no lo sé. Ya se verá.
Ella tan llena de dolores que aguanta, esa artritis que nuca la vence….y los dolores de la vida, su orgullo y su fortaleza que lastima. Sé que le tiene miedo a la vejez, de hecho ella nunca quiso ser vieja y le molesta serlo. Daría todo lo que tiene por tener 30 años menos, y sería feliz.
La soledad es uno de los peores sentimientos de la vida, te sientes despreciado, rechazado, innecesario.
Yo no se nos teníamos, a veces uno tiene pero no tiene. Hablo de los contactos y las permanencias, de estar juntos pero sin estar. Dormíamos con las ventanas abiertas en las recamaras nuevas que daban a la calle, era verano y hacia calor,
oímos todos los ruidos y los carros, los gritos de los vecinos desde la madrugada.
En frente de la casa queríamos sembrar un árbol, había un hoyo en el pavimento que llenamos de tierra y sembramos ahí muchas veces un arbolito que nunca creció, a veces un pinito, otra vez un eucalipto, un hule y terminamos poniendo cemento para tapar ese hoyo que no sirvió de jardinera.
A dos calles está el mercado y a dos mas esta la iglesia de San Nicolás de Tolentino donde íbamos a la doctrina los sábados. Aprendimos los diez mandamientos y algunas historias y canciones.
Cuando íbamos a misa me gustaba ver lo grande de Dios con mosaicos chiquitos y sus manos extendidas abrazando a Cristo en una Cruz. Mi mamá nos mandaba los domingos pero ella no iba.
El uniforme de la escuela ya no me quedaba, me había estirado lo que se estira una niña de primero a cuarto de primaria. Yo veía a las demás niñas que llevaban sus uniformes nuevos para cada año, nosotros éramos 8 y no estrenábamos así; al inicio de cada ciclo escolar mi madre nos formaba en fila para darnos nuestros cuadernos, dos lápices, una goma y un sacapuntas y una cajita con 12 colores de madera, mi papá no lo hacía, solo observaba. Ese año recorté con tijeras el peto del uniforme y deje solo la falda, si me ponía encima el suéter me veía como las demás niñas, mis tías habían venido a vivir con nosotros y ellas me peinaban diario.
En las mañanas mi papá calentaba una ollita de agua y la ponía tibia en el lavamanos y nos lavaba la cara antes de irse.
Mis papás habían comprado una pequeña papelería enfrente de una escuela secundaria y le pusieron
“ Papelería Satur” porque mi abuela quien murió se llamaba Saturnina y ese nombre fue en honor a ella.
Salíamos a las doce y media de la escuela, llegábamos a la casa llenos de sol y con la cabeza ardiendo, la casa estaba vacía, las camas sin tender , la ropa sucia, los trastes sin lavar, la comida sin guisar, las plantas sin regar. A mi me gustaba acostarme en la cama destendida, las sabanas estaban frías y la sensación de frescura en la cara era deliciosa, a veces nos apurábamos a hacer lo que nos tocaba para tener limpia la casa. Comíamos y a las dos de la tarde yo tenía que irme en autobús a la escuela de música que estaba en el centro, era muy, muy lejos, tardaba como una hora y media en llegar, abrían la escuela a las tres y media de la tarde. Mi mamá quería que yo aprendiera a tocar piano.
En realidad no me gustaba ir, siempre me sentí fuera de lugar pues me daba mucho trabajo ejecutar las lecciones con la facilidad que lo hacían otros, aun cuando estudiaba, me daba cuenta de que, como yo lo hacia, era muy inferior a como tocaban el piano mis compañeros.
En la clase de solfeo no era diferente, pero bueno, en casa éramos tantos que quitarse una de encima por las tardes ya era bueno.
En las fiestas de la casa o cuando había visitas nos ponían a tocar el piano a mi hermana y a mi, eso me fastidiaba mucho, pero a mis papás les daba orgullo.
Se había muerto mi otra abuela, vi llorar a mi padre y pronto vendría mi abuelo a vivir en casa, se había construido una recamara grande arriba con un baño y ahí lo pusieron. El oía su radio con las noticias todo el día; yo pensaba que solo los que se están haciendo viejos oían noticias y creo ahora que algo hay de cierto.
Mi abuelo era viejo de verdad, yo hablaba con el y el se preocupaba si me veía llorar, yo lo observaba y pensaba que sus orejas eran muy grandes, tenía millones de manchitas en su piel y sus manos siempre estaban limpias; tenía un dedito roto y me pedía agua caliente para lavarse cuando iba a comer, a veces yo le ayudaba a levarse, estaba ya encorvado y tenia siempre mucha tos, y escupía. Ahora se que lo sentía verdaderamente por él, había algo de admiración y asombro. Me hablaba del tiempo y me veía con sus ojos nublados. Hablamos muy poco.
Nunca se aburría pasaba horas acostado y cuando llegaba mi papá lo llevaba al baño y lo bañaba. A veces mi mamá discutía con papá porque mi abuelo estaba en casa, creo que a ella no le gustaba tenerlo. A mi si me gustaba que estuviera pues iban mis tíos a visitarlo y entonces la casa se llenaba de primos con quienes jugar. Cuando mi abuelo cambiaba de casa y se iba, le ponían un abrigo y un sombrero café. Lo tenían casi empujar pues ya no caminaba solo. Mi padre se llama como mi abuelo, y yo quería tener un hijo que se llamara igual.
No porque las cosas no las veas quiere decir que no suceden. Cuando uno es chamaca no puede creer que sea tan fácil vivir.
Hoy me desperté y vi el techo de mi casa, conté los diez pedazos que dividen las vigas de madera y anhelé el sol que entra por la ventanita en las mañanas, estaba nublado, pero cuando entra, pasa , desde las seis de la mañana, viga por viga, una a una reflejando su luz, y yo abro mi ojo y siempre me da la sensación de que voy en el arca de Noe, los techos de mi casa son tan altos, tienen casi ocho metros y la ventanita de arriba esta puesta ahí para avisarnos que salio el sol, estratégicamente, para sorprenderte todas las mañanas, yo se que cuando termina de pasar por el techo y llega a la pared, ya son las siete y media.
En esta tierra paso dios echando bendición a puños y se quedo aquí. Desde muy de madrugada hay muchos pájaros que cantan, si te quedas callado, puedes oírlos, le cantan a Dios y es un murmullo celestial creo que muy parecido al paraíso.
Cuando pienso en el crecimiento personal, digo que no hay mas que el sufrimiento y el dolor para crecer.
PELIGRA TU MATRIMONIO???? RESCATALO¡¡¡¡
Hace 11 años

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